
Mira, voy a contarte esto como si estuviéramos los dos sentados en la barra de un bar en Oaxaca, con un mezcalito delante y ganas de flipar.
La charla que estoy preparando no es otra conferencia de las de diapositivas infinitas y voz de documental de sobremesa con la 2. Es un viaje de verdad, de los que te dejan la piel de gallina y la cabeza dando vueltas tres días.
Empezamos en Teotihuacán cuando todavía olía a pintura fresca en las pirámides, cuando la gente subía la Avenida de los Muertos pensando que ahí vivían los dioses de verdad. De ahí saltamos a cómo un puñado de nómadas medio muertos de hambre llegaron a un lago asqueroso, vieron un águila comiéndose una serpiente encima de un nopal y dijeron: “pues aquí montamos la capital, qué remedio”. Y la montaron, y vaya si la montaron.
Vamos a hablar de por qué sacar corazones a cuatro manos no era cosa de tarados sanguinarios (bueno, sí), sino la manera más loca y hermosa de mantener el universo en marcha. De cómo Quetzalcóatl se hartó de tanto sacrificio, se piró quemándose vivo y prometió volver un día… y todavía hay algún mexicano mirando al horizonte por si viene el muy cabrón.
Te voy a contar la resaca épica de los dioses (sí, hubo un dios que se emborrachó en una fiesta familiar y terminó desnudo delante de toda la parentela). Te voy a explicar cómo dos gemelos héroes bajaron al inframundo, le ganaron a los señores de la muerte jugando a la pelota y de paso nos salvaron el culo a todos.
Y lo mejor: vas a darte cuenta de que la mitad de estas historias no son sólo “aztecas”. Las contaban igual en Teotihuacán, en Monte Albán, en la selva maya… como si toda Mesoamérica tuviera el mismo cuento antes de dormir desde hace miles de años.
Una sola tarde. Cerveza fría, vino tinto o mezcal, según tu religión personal. Cero rollos académicos pesados. Sólo historias que te van a hacer mirar al cielo y pensar: “joder, comparado con estos, Tarantino es un aficionado"
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